Iguazú, la obra de un dios celoso

Llamadas I- Guazú (Agua Grande) por los guaraníes, la leyenda sostiene que son obra de un dios celoso de una muchacha llamada Naipú, que vivía a orillas del río y de la cual el Dios se había enamorado. Pero, al parecer, Naipú rechazó al Dios, prefirió los amores de un mortal y se escapó en canoa con su amante;  por lo que el Dios, enfurecido, hizo surgir las cataratas para detenerlos.

Aunque los guaraníes por supuesto las conocían desde siempre, el descubrimiento oficial de las cataratas tuvo lugar en 1541 por el español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quién se topó con ellas por pura casualidad al perder el rumbo en una expedición hacia Asunción, la capital de Paraguay.

El caudal del río Iguazú, que nace 600 km. aguas arriba, varía, y así la cantidad de saltos de agua puede oscilar entre 160 y 270. La altura de los saltos es de unos 70 metros, y se extienden en un frente de unos 2´7 Km. El más espectacular es la Garganta del Diablo, un salto en forma de U, de cerca de 200 metros de ancho por unos 400 de largo, y rodeado de cataratas por sus tres costados. El ruido, el vapor, y la humedad son enormes: “Poor Niagara”, cuentan que dijo Eleanor Roosevelt durante su visita, al comprobar que el espectáculo era mucho más impresionante que el de las cataratas norteamericanas.